Y se fue a un hospital público, en lugar de a la Clínica Quirón, donde la esperaban

Una de las grandes incógnitas de la España de 1985 fue la creación del Partido Liberal, un chiringuito montado ese año por José Antonio Segurado para mayor gloria de él mismo y nadie más.

Por mucho que se lo explicaran los suyos Felipe González no entendía como era posible que un grupo de individuos que cabían en dos taxis y sobraba sitio se hubieran constituido en partido. Mucho menos, que se pasaran los días comiendo o cenando en Zalacaín, el Ritz, en Horcher o en Jockey, con lo que costaba entonces el cubierto en los cuatro mejores restaurantes de Madrid.

De donde sacas para tanto como destacas, se preguntaba el abogado laboralista andaluz con razón o sin ella, cada vez que se los encontraba comadreando y compadreando a su mismo nivel en vez de estar degustando las mieles del fracaso de la derecha.

Como la curiosidad de González era infinita la Brigada Central de Información de la policía hizo lo que se consideraba habitual por aquel entonces. Contrató a unos cuantos Guerrilleros de Cristo Rey para que asaltaran por la sede del minipartido, situada en un piso de soltero cercano al Congreso de los Diputados, y se llevaron la documentación para que fuera cribada y leída en La Moncloa para España durmiera tranquila.

Se supo así que el promotor secreto de aquel abrevadero de mentes inquietas, el jefe de la conspiración liberal y democrática, era el banquero Alfonso Escámez, presidente del Central que había reunido a los siete de la banca (Santander, Popular, Bilbao, Vizcaya, Banesto, Exterior y el mismo) y les había pedido que pagaran las facturas de la recién creada formación política.

Bastó, por tanto, el asalto al Palacio de Invierno de los guerrilleros para todo el mundo conociera al Partido Liberal como el partido de los banqueros y para que Escámez, Luis Vals Taberner, Pedro de Toledo y Emilio Botín recibieran la llamada de Dios, según la descripción de Txiqui Benegas, para que el grifo dejara de manar billetes de cinco mil pesetas.

Convencido de que sólo con el dinero se consigue la felicidad y que el maná no iba a caer más del cielo, Segurado, que era el personaje más pagado de si mismo que he conocido nunca, jamás pensó en renunciar a su partido de juguete. Antes al contario, reunió a su ejecutiva y le pidió que le facilitaran una lista de amistades que pudieran contribuir a su “dolce far niente” entreverado con caros menús de degustación, tragos de Vega Sicilia y efluvios de coñac francés.

La persona que con más entusiasmo y dedicación participó en pasar la bandeja y en crear la “lista de donantes”, más larga que la de la Cruz Roja y mas estrecha que un fideo, fue Esperanza Aguirre, una chica bien que estudió inglés en la British School de Somosaguas (Madrid) porque iba para secretaria hasta que un Grande de España se cruzó en su vida.

En esa época la financiación de los partidos con donaciones privadas no era delito así que lograron enviar unas cien cartas a otros tantos madrileños y españoles halagándoles la vanidad y tocándoles el gusanillo del altruismo, que era una nueva modalidad del toco mocho para ricos.

Tras aquella primera aventura en la que aprendió la política de la largas y suculentas cenas con largas veladas hasta el amanecer pagadas por sus amigos, Aguirre ingresó en el Partido Popular donde conoció a Manuel Fraga, se peleó con Alberto Ruiz Galladón y congenió con José María Aznar.

Como todos sabían su capacidad para acarrear dinero el otrora inspector de hacienda en Logroño la llevó a su primer Gobierno y la hizo ministra de dos cosas a la vez, Educación y Cultura, que eran dos ministerios distintos, con sedes diferentes.

De modo y manera que mientras sus amistades de toda la vida seguían matando el tiempo con el bridge y el golf ella descubrió un nuevo entretenimiento, echar discursos al personal, a dos o tres por día.

Los textos los solía llevar en un amplio bolso de esos donde cabe todo incluso los cheques que a veces le ofrecían sus admiradores y que ella nunca cogía. El guardián de aquel tesoro de sabiduría enlatada, cuando tenía que ir al baño a hacer un pis pas era su jefe de Prensa Manuel Soriano, que no era de Soria sino de Badajoz.

Pues bien, un día que me perdí por la Biblioteca Nacional de Madrid investigando un viejo asunto me encontré con Soriano, compañero del Grupo 16 junto con Antonio Jesús Ruano Gómez y otras muchas buenas personas, y me invitó a que la escucharla.

Fue así como mientras hacía algo de bulto observé como la biministra sacaba un taco de folios y empezaba a leerlos. Cuando casi todos estábamos a punto de coger el primer sueño ocurrió lo nunca visto.

La bimarquesa dejó de recitar la tabla de multiplicar, miró turbada a Soriano, metió el discurso en el bolso, sacó otro y sin comprobar si era o no correcto nos devolvió al sueño de los justos. Al finan del acto explicó el incidente: “que vergüenza, es que me había equivocado de papeles”, no se si en alusión a Antonio Papel que era uno de los que les preparaban los textos o a algún otro.

José María Aznar, que la tenía para si como el que tiene a una joya, mitad chica para todo mitad engorro, y que la sacaba a relucir siempre que alguien le acusaba de misógino y machista, la mandó al Senado para tener un escaparate feminista el que mirarse. Y cuando Esperanza estaba a punto de descubrir los ascensores del edificio de la plaza de la Marina Española la mandó a la Comunidad de Madrid para que se peleara con Alberto Ruiz Galladón y vengara la afrenta que le hizo cuando se alió con Jesús Polanco en 1996 porque los dos pensaban que el Gobierno de España debía estar en mejores manos que en las de un señor con bigote.

Fue así como Aguirre desembarcó en la Comunidad de Madrid e intentó hacer un pantano, como Franco, cerca de la finca de El Escorial de su familia, aquella a la que acudían los reyes de España por una vereda secreta desde el Palacio de Felipe II para mantener sus amores al día.

Como aquella idea inicial de promover un “estado de obras” como se decía antes, para sacar a España de su secular atraso, le dio por construir hospitales. E hizo 10 de una tacada, casi con el mismo ritmo que los chinos levantaron el suyo de Wuhan y no llegó a los 20 porque no la dejaron.

No sólo superó al que fuera considerado el caudillo de España sino que le dobló porque cuando llegó al cargo en la Villa y Corte y alrededores sólo habría ocho o diez sanatorios públicos de la época de la dictadura. A saber, Francisco Franco, Fundación Jiménez Díaz, La Paz, Niño Jesús, Cruz Roja, Hospital San Carlos, Puerta De Hierro, Princesa, Gómez Ulla y el 12 de Octubre, que estaba tan lejos del centro que para llegar a él en lugar de billete de metro había que coger el tren a Andalucía.

Hoy existen un total de 42, los principales (Infanta Leonor, Infanta Cristina, Cantoblanco, Móstoles, Rey Juan Carlos, Severo Ochoa, Fuenlabrada, Torrejón, Príncipe de Asturias, Virgen de la Torre, del Tajo) levantados de la nada en su época, gracias a la titánica y esforzada labor de Aguirre y a su pacto con los “empresarios del ladrillo” de Madrid que se encargaron de buscar financiación en el sector privado para levantar hospitales públicos.

Algo que hay que agradecerle a ella y contar por qué se construyeron. Porque no fue debido a que la lidereza se levantara un día con furor uterino y pensara que debía comerse el mundo. Pues no, no fue así. Todo ocurrió porque unos malnacidos pusieron unas bombas en los trenes de cercanías de Madrid, Mariano Rajoy se quedó compuesto y sin novio, y en la sede de la formación política de la calle Génova tocaron a rebato para que alguien se encargara de arrimar dinero.

Esperanza, que atisbaba la desbandada que se avecinaba, que veía como aquellos hombres como castillos lloraban por los pasillos de la sede porque se les había acabado lo de comer en Horcher o en Jockey puso la maquinaria en acción, a toda máquina, y a los políticos de su generación les volvió el alma al cuello pues iban a recibir todos ellos sus bien merecidos sobresueldos para no bajar de categoría y tener que acudir a Vips o a Foster Hollywood, que ahí es a donde se manda a los niños.

Y esa y no otra es la historia de España, una nación donde gracias a la avaricia del PP no se ha roto el saco de la Sanidad y donde, con algo menos de holgura que en los tiempos normales, habrá camas para todos y sacos de plástico herméticos para los que lleguen tarde todos, ya que esta muerte que acaba de llegar para quedarse unos meses como poco, no hace distingos.

LA ESPERANZA LA PINTAN CALVA- Tan cierto es el aserto que en este marzo maldito de 2020, mal encastado, de mala entraña y peor catadura, el Príncipe Carlos de Inglaterra, uno de los hombres que más metros cúbicos de aristocracia y nobleza atesora en sus venas no ha podido escapar del bichito.

Ni el principal del Principado de Mónaco, ni el marqués de Griñón, ni los Domecq de Sánlucar, ni la aristocracia de los toros y de la música (Lucía Bosé) han escapado por ahora a sus asechanzas.

Vizcondesa de Bornos y de Murillo, grande de España por vía heterosexual, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma acumula en sus venas y en las de su marido, Fernando Ramírez de Haro y Valdés, toneladas de sangre azul purísima, pues ni ella ni ninguno de sus antepasados han mezclado el flujo de su energía vital con judío o morisco alguno, ni con gitanos ni con ninguno otro individuo de mal vivir, desde que así lo mandó Alfonso X el Sabio. Algo que al común debe parecer naftalina, pero que ellos les chifla y entretiene.

No se sabe si por solidaridad con la aristocracia, o porque sufrió un repentino y fulgurante síndrome agudo de la hipocondría, de neurastenia y extravagancia, o porque a ciertas edades uno empieza a creerse eso de que “viene el lobo”, la gran constructora de la historia de España empezó a sentirse mal sola y en pareja, es decir, con su marido, llamó a la clínica Ruber y pidió que le mandaran dos ambulancias por el precio de uno.

Pero como ella va siempre escuchando La Sexta por el móvil, por si la citan y tiene que entrar el directo a defender a la derechota de sus muchos pecados, dio mal la dirección y la llevaron a la Fundación Jiménez Díaz, un hospital público de la época de Franco, donde esperó cuatro días para encontrarse con la vicepresidenta Carmen Calvo Poyatos y parlotear un rato.

Pero la esperanza de Esperanza la pintan calva. La número dos del Gobierno, aquella desprendida mujer que una vez pensó que el dinero no era de nadie, equivocó también sus pasos y acabó en el Ruber, que es un hospital de ricos, elitista, con buenos médicos y una excelente atención sanitaria.

Lo cual no deja de ser saludable para la sociedad. La sanidad de este país, gran parte de la sanidad privada y pública, la hizo el PP. Y por eso de que obras son amores y buenas comisiones, una vez que se descubrió el trapicheo de los sobresueldos y se pagó por ello la Sanidad no es patrimonio de nadie. Como mucho, en estos momentos, un usufructo pasajero de los médicos y las enfermeras que se están dejando la salud por devolver la tranquilidad a esta sociedad de enfermos incurables y curables.

A veces pienso que mientras las feministas de la izquierda radical e irredenta salen a manifestarse para reivindicar la igualdad con sus parejas, las mujeres de derechas, entre las que incluyo a las del PSOE, deberían hacer lo mismo. Para liberarse de la esclavitud de las oficinas, de las exigencias impuestas por sus jefes en todos los ámbitos y para disponer de un día para respirar.

Esperanza Aguirre debería ser una de las pioneras de ese movimiento de liberación de la mujer. Ahora no, que seguimos en cuarentena. No sólo de comisiones vive el hombre.