Y a su extraña filantropía, que irrita al comunismo de chalets

Desde hace unos días hay tres Ortegas en la historia de España, José Antonio Ortega Lara, José Ortega y Gasset y Amancio Ortega.

De los dos primeros no voy a contar sus hazañas, puesto que ya están en los libros de texto. Del tercero, Amancio Ortega, habrá que empezar a ponerle unas cuantas plazas y calles en todos aquellos municipios donde gobierna la izquierda radical y cernícala, esa que, junto a anti-sistemas y separatistas, busca la destrucción del sistema y de la nación española, para construir la suya.

Porque cuando las hijas de Rodríguez Zapatero se presentaron en la Casa Blanca, en Washington, disfrazadas de ellas mismas, el dueño de Inditex y Zara vestía al resto de las hijas de los socialistas y comunistas, de los obreros y campesinos, como debe ser. Con modelos muy parecidos a los de Prada, Christian Lacroix, Christian Dior y otros de los mejores modistos del mundo, fabricados y vendidos en la mayor red de economía de escala desde que Adán le compró una manzana a Eva sin necesidad de intermediarios, ya que la serpiente no cuenta al no tener sentido común, ni falta que le hace.

Porque, se quiera o no, el dueño de Zara es el gran emancipador de la clase obrera en el vestir, en el andar, y yo diría que hasta en la nueva forma de seducir, y eso es no se lo quita nadie. No sólo de España, sino de todo el planeta. Porque las mujeres, salvo las aristócratas de los cuadros de Velázquez del siglo XV, y las ricachonas que disponían de dinero para irse a París o a Nueva York a comprase ropa, no han vestido mejor antes de su advenimiento.

Veamos por qué eso es así. En 1936 estalló la Guerra Civil Española, y un gran número de campesinas y urbanitas de las de entonces colgaron sus trajes y se vistieron como los hombres, para ocupar las fábricas y luchar por sus ideales desde la retaguardia. El mono azul se convirtió así en prenda cotidiana que lucían con orgullo muchas milicianas y brigadistas.

Concluida la contienda, la forma de vestir de la mujer no se normalizó porque, a continuación, vino la II Guerra Mundial, y 10 millones de féminas de los Estados Unidos, y 8 de la Unión Soviética, las imitaron, al tener ellas también que tomar las riendas de sus naciones para que sus padres, hermanos y maridos combatieran al nazismo.

Acabada la contienda, una gran generación de modistos, entre ellos Christian Dior, Yves Saint Laurent, Elio Berhanyer, Manuel Pertegaz, Cristóbal Balenciaga, Jean Paul Gaultier, Giorgio Armani, Gianni Versace y una legión más de imitadores trataron de desvestir a las mujeres para enfundarles sus modelos de alta costura.

Pero no lo consiguieron porque no hubiera en esa época mujeres dispuestas a rechazar las propuestas del feminismo y a enseñar al que no sabe. La moda elitista de estos genios de la costura resultaba tan cara que solo la alta aristocracia, las amantes de los grandes empresarios y las prostitutas de lujo, a las que tanto admiraba Coco Chanel, podían gastarse medio millón, o un millón, de las antiguas pesetas, para estar divinas, como dirían el italiano Lorenzo Caprile y el venezolano Boris Izaguirre, los dos cortados por el mismo patrón.

Con lo cual, las mujeres siguieron siendo víctimas, esclavas de los vestidos horrendos, hasta que llegó Amancio Ortega, dispuesto a construir el gran negocio del siglo conjugando dos cosas que los grandes maestros de la moda, perdidos entre tanto cuerpo espléndido, no habían sido capaces de imaginar: trajes bonitos, fáciles de hacer, bien confeccionados, que imitaban los modelos más populares de los grandes diseñadores, y a precios asequibles, al alcance de todo el mundo para que las mujeres pudieran cambiarse de vestido cada día, si querían, sin necesidad de privarse de nada.

Su éxito fulgurante se debió, sin duda, a la economía de escala y a la reducción de los costes de fabricación, transporte, almacenamiento y distribución. Recuerdo que su primera empresa, Zara, vendía en una semana todo lo que fabricaba, con cero stocks, y la mayoría de sus productos iban de la fábrica a la tienda llevados por las costureras primorosas que acababan de coserlos y plancharlos, a tanto la pieza.

De esta manera, Ortega empezó emancipando a las mujeres ricas de Puerta de Hierro, Somosaguas, Pozuelo, Alcobendas y barrio de Salamanca (Madrid); de Las Arenas, Neguri y la Gran Vía de Bilbao (Vizcaya), de Las Ramblas de Barcelona; les quitó sus brocados y terciopelos, y las hizo salir al mundo con trajes ligeros, gráciles y elegantes.

Con lo cual les quitó un peso de encima a las hijas de la burguesía urbana, para dejarlo en los bolsillos de sus padres, que ahora no tienen que gastarse tanto dinero para que sus esposas e hijas luzcan gráciles y esbeltas.

Lograda esa primera meta, fueron las mujeres de las clases populares de Alcorcón, Móstoles, Vallecas y todas las hijas del cinturón rojo de Madrid las que se entregaron al consumismo, a los grandes excesos y al comprar por comprar, que tanto habían criticado sus padres y que tan ricos había hecho a los dueños de El Corté Inglés en la generación anterior.

Lo de Amancio Ortega, sin embargo, era otra cosa. Él no era Pepín Fernández, que solo vestía a la estirada Carmen Polo de Franco, ni Isidoro Álvarez, que se esmeraba en que otra Carmen, Carmen Martínez Bordiú, y toda su generación, que es la misma de Adolfo Suárez y Felipe González, vistieran como reinas, con trajes algo más asequibles pero todavía caros. Ortega venía a conquistar a otra quinta de españoles, y representaba otra cosa.

Lo suyo era ofrecer la moda de Carolina Herrera, de Óscar de la Renta, de Dolce & Gabbana, de John Galliano, a precios de todo a cien. Toda una revolución para las mujeres de las clases populares que, de repente, dejaron de zascandilear y pelearse en sus barrios y de correr detrás de sus hijos para tirarse de los pelos y hacer los cien metros largos en las tiendas de Zara, para que nadie le quitara de las manos el último modelo de Donatella Versace o de Valentino.

El dueño del imperio de Inditex, Bershka, Massimo Dutti, Pull & Bear, Oysho y Zara, entre otras, se convirtió así en el mayor socialista de la moda de todos los tiempos, al revolucionar el mundo de las tijeras y la máquina de coser, adaptando la ropa a los gustos de millones de personas de todo el planeta.

Lo suyo fue la conquista del proletariado nacional y mundial sin necesidad de estudiar a Carlos Marx y Friedrich Engels, que no deja de ser una falsa doctrina, y unificar sus gustos y deseos con los del resto de las clases sociales. Ya que, se reconozca o no, sus vestidos los lleva todo el mundo, reinas, princesas, presentadoras de televisión, hijas de socialistas y comunistas, es decir, todo el Vogue y el Vanitas Vanitatis español y universal. Y yo diría que hasta las hijas de Rodríguez Zapatero.

La mayoría de ellas, además, repiten. Porque, aunque eso no se cuenta en parte alguna, me consta que Amancio Ortega ha imprimido una sutil y secreta obsolescencia programada en todas sus prendas para que la gente pueda cambiar de traje e ir a la última por poco dinero.

¡Un genio que es el tío, comparable a Mark Zuckerberg, Steve Jobs y Bill Gates! ¡Y estaba en España!

De ahí que la mitad de la humanidad más uno luzca ahora mucho más guapa que al final de la II Guerra Mundial, salvo en el caso de Carmen Calvo (y alguna que otra socialista), que se visten al desaliño y a lo loco, en el de Soraya Sáenz de Santamaría, ni alta ni baja, sino todo lo contario, y en el de alguna feminista despistada, de esas que dicen odiar los piropos que los hombres les dicen a las demás. Y, por supuesto, en el de Agatha Ruíz de la Prada, la marquesa perdida en el tiempo y el espacio y que tiene por misión en la vida llevar la contraria a todo bicho viviente.

Su modelo de empresa (el de Ortega, claro) revela que no todo en la vida es ganar dinero a espuertas y sin control para acaparar colesterol y morirse de un infarto. Y que hay formas y formas de hacerse rico, siendo una de ellas la de tacita a tacita, que los clásicos de la economía: Adam Smith, John Maynard Keynes, Milton Friedman o Friedrich Hayek, nunca nos contaron.

De modo y manera que, aunque el modelo no esté descrito en los libros de texto, sí se encuentra en la naturaleza, y él lo encontró al ir juntando muchos pocos en un mucho, sistema que los chinos han copiado en Ali Babá y otros negocios.

Al creador de la mayor cadena de tiendas de pre-a-porter del mundo suele echársele en cara que utiliza los países en los que la mano de obra es más barata, para implementar sus fábricas, y suele pagar salarios bajos, acorde con los que rigen en esas naciones.

Lo cual no sólo es una gran verdad, que no resta mérito alguno a su obra, y pensar lo contrario habría sido suponer que es imbécil. Que los empresarios hayan decidido plantarse en aquel país, que es casi un continente, no es problema de ellos. Ni de Donald Trump, Boris Johnson o Ángela Merkel. El culpable, caso de existir, sería Mao, su revolución cultural y la banda de los cuatro, y no el resto del mundo que no vive de chupar la sangre de los amarillos.

La razón está bien clara. Los empresarios europeos, norteamericanos y canadienses pueden acudir al país de la Gran Muralla a ofrecer sus trabajos, pero si a alguno de ellos se les ocurriera asumir el papel de la monja Lucía Karam, pongamos por caso, y duplicara los salarios, la echarían en 24 horas del convento por distorsionan el mercado. Lo cual no quiere decir que los dirigentes de aquella nación no sepan que cediendo obra barata están trasvasando parte de su riqueza y de su bienestar al primer mundo.

Xi Jinping lo hace incluso encantado. Porque, gracias a las empresas extranjeras que se instalan en su país tiene que destinar menos recursos a sostener su economía. Lo que le permite dedicar esos fondos a actividades estratégicas, como el control de la producción global de bienes de consumo, la navegación y el comercio mundial y el mercado de materias primas. Son estas algunas de sus metas, a medio plazo, para conquistar el planeta por vías pacíficas, de los únicos tipos de la humanidad que han sabido dar el segundo gran salto hacia adelante del comunismo genocida y destructor al capitalismo con rostro y piel humana.

Esto, que es una verdad de Perogrullo, hay que decirlo, no para convencer a los antisistema y los marxistas descarriados, que están echados a perder, sino para recordarnos a nosotros mismos que las viejas y caducas ideas de Marx y Engels nunca han movido molinos. Ni los van a mover tras un siglo de fracasos en todas partes.

Veamos ahora los números. Hay no menos de 20 millones de españoles que visten o han vestido de Zara, 1.500 millones en el planeta que han llevado alguna de sus prendas, otros muchos que han pasado del harapo al modelito de Zara, y hasta algunas tribus lejanas de África u Oceanía que han dejado el taparrabos, han pasado a ceñirse alguna de sus prendas.

Un tipo así, que ha vestido a un tercio de la humanidad, y que puede vestir a los otros dos tercios si lo dejan, por poco dinero, no puede ser malo. Su cultura empresarial es la de un señor que empezó de repartidor y se hizo a sí mismo y a los demás. Por ahora no hay problema de que vaya a ser estudiada en los cursos de formación de dirigentes del PSOE e Izquierda Unida. Sus escuelas de negocios son de otra índole, la subvención, en trique y el soborno al por mayor.

Los del PP, que tampoco andan sobrados de genios, ya que los genios del disparate son ellos mismos (el único que tenían, Pablo Isla, trabaja con Ortega desde 2004), tampoco parecen dispuestos a aprender lo que es la nueva economía. Les basta con acudir a Aravaca, que está al lado de casa, a hacer un masters estilo Pablo Casado o una licenciatura por correo modelo Cristina Cifuentes.

Dicho de otro modo, en este mundo, que es lo más parecido a un erial, la presencia de un empresario que no vive ni de las subvenciones ni de explotar al género humano, que hace feliz a todas las mujeres, que procura que la nación vista mejor con unos márgenes de fabricación y comercialización moderados es un regalo para todos. Pero los políticos lo ignoran porque les empequeñece y les hace sentirse escangallados.

Conviene recordarlo: en este mundo confiscado por los envidiosos, los frustrados, los antisistema, los anticapitalistas y los comunistas y neocomunistas españoles y extranjeros. Muchos de los cuales, después de aniquilar las esperanzas de supervivencia de todo un continente, América Latina, para hacer sus experimentos socialistas, han llegado en tropel a España a reemprender con ahínco sus ensayos genocidas.

Fue ese populismo tan español, entreverado de sudacas tipo Gonzalo Boyé, Gerardo Pisarello o Pablo Echenique; fue ese falso progresismo suicida, repito, el que con el dinero de Evo Morales o Nicolás Maduro se montó en la moto a pedales de uno de ellos, peso pesado de Podemos, tratando de demonizar a Amancio Ortega por ser buena gente y regalar material hospitalario para la curación del cáncer.

Se que la descripción puede resultar escatológica. Así y todo, la representación es bastante menos irritante y brutal que la sistemática campaña de descalificaciones, insidias y desprestigio que sufrió el empresario por disponer de lo que era suyo, y de nadie más, para hacer lo que le diera la gana.

Porque si el dueño de Zara hubiera utilizado el dinero ganado en buena lid, declarado a Hacienda y amontonado en sus cuentas corrientes hasta reventar, para comprarse el rancho de José María Aznar, el barco de Aristóteles y Jacqueline Onassis, el avión de Andrés Manuel López Obrador, la isla de Bruce Willis o la ganadería astifina del sultán de Brunéi, que es donde retozan a placer las mujeres más guapas del mundo, muchos le envidiarían, pero bastantes menos habrían puesto el grito en el cielo.

Si hubiera robado, malversado, derrochado lo habido y por haber y algo más, como un Jordi Pujol cualquiera, al estilo de José Antonio Griñán y Manuel Cháves, a muy pocos les habría preocupado. Ahora, bastó que regalara unos cuantos aparatos a la Sanidad, esa vaca sagrada del socialismo y del populismo creada por Franco, para que los indignados por la ejecución a cámara lenta del perro Excalibur saltaran indignados, movidos por el resorte del populismo.

Es bien cierto que la sanidad no se toca. La pública, la privada y hasta la de medio pelo. Porque gracias a la iniciativa privada, y por un módico precio, tres millones largos de funcionarios y varios más de políticos, notarios, abogados, periodistas, y así hasta el juicio final, podemos acudir al médico sin hacer cola, que es algo tercermundista e irritante, incluso para socialistas y comunistas que detestan el igualitarismo, aunque no lo sepan.

Y para ejemplo ahí está la ministra Carmen Calvo, bienvenida sea, una señora que pasaba por ser el tormento de Manuel Cháves en la Junta de Andalucía, y que este le endilgó, sin derecho a devolución, a Pedro Sánchez, para que todos los españoles nos enteráramos de una vez que la España del mono azul, miliciana, vociferante y bullanguera sigue existiendo pese a los esfuerzos de Zara.

Junto a esa España en la que se han colocado muchos socialistas comunistas, y que ha hecho de la mariscada y del chalet adosado su razón de ser, que no puede vivir sin recurrir al Presupuesto General del Estado y a las subvenciones, hay otra.

Entre una y otra naciones, que en el fondo es la misma, hay que situar a Amancio Ortega, uno de esos españoles hechos a sí mismos que no se rinden nunca, que no se achican ante las adversidades, que siguió empeñado en construir un mundo mejor desde su faceta de empresario y benefactor.

Estos días en que la tragedia ha vuelto a hermanar en los crematorios a ricos y pobres, al marqués de Griñón, a Lucía Bosé y a Lorenzo Sanz con el ser más menesteroso de la nación, ha dado una prueba más de su bonhomía y gratitud a la sociedad que le permitió salir de la miseria.

Sin que nadie se lo pidiera se ha dedicado a cumplir su proyecto vital. Ha importado por su cuenta 300.000 mascarillas antivirus de China, no para especular, que es lo que hacen los seres inferiores, las ratas y comadrejas, sino para donarlas a los hospitales que designe el gobierno bajo el mando único de Pedro Sánchez.

Por si eso no fuera suficiente, ha puesto a disposición de la sociedad sus empresas en España, para fabricar gafas y material sanitario, y se ha comprometido a abrir su agenda de contactos en la única República Popular decente que queda para que los españoles podamos disponer en 4 semanas de 6 millones de kits rápidos para detectar al virus, saber dónde está y poder destruirlo.

Lo cual es el mejor regalo que puede hacerse a este país. Porque, como el gobierno no sabe siquiera dónde está China, como la ministro de Exteriores del Reino de España, Aránzazu González Laya, no sabe dónde ha dejado su mapamundi, España necesita lazarillos para moverse por el mundo y no tener que regresar a los tiempos de Marco Polo.

Todo lo cual es muy reconfortante. No sé si en los próximos años las mujeres irán peor o mejor vestidas, pero sus madres, sus padres, sus hermanas y hermanos probablemente habrán salvado la vida gracias al servicio que este gran modisto y empresario del mundo está prestando a la sociedad.

En todo caso (si queremos no ir por el mundo como unos mamarrachos), siempre nos quedará Paris.