Hay un tipo que cada vez que sale en televisión le pone los pelos de punta a centenares de miles de españoles. Lo quiera él o no, lo pretenda o no, todo aquel que dispone de un aparato para captar las ondas hertzianas y descargarse imágenes del éter sabe que su presencia no es augurio de buenas nuevas.

Es un tal Fernando Simón, dicen que médico de Zaragoza, pero a mí y a otros muchos españoles nos parece, a simple vista, una persona inquietante, y de la que he leído estos días descripciones de todo tipo. Que si parecía haberse fugado de un centro de desintoxicación, un figurante de una película de Drácula, o el dueño de la morgue de las películas de terror de la infancia.

Se que todo ello pueden ser figuraciones, exageraciones, sin duda. Pero con sus ojeras permanentes, su cara de palo, con ese maquillaje cerúleo que da la edad y su camisa medio raída, camino de la lavadora o no, el personaje no inspira serenidad, tranquilidad, más bien ganas de salir corriendo.

Le pido perdón por adelantado porque no sé si es así o no, pero, al tal Simón, un nombre que con el don por delante recuerda un vino malo, le ha tocado en suerte el papel de convertirse en el chico malo del gobierno. Y lo hace a la perfección, sin duda alguna.

Perdida aquella sana costumbre de Winston Churchill: hablar por la radio y pedir a los ingleses “sangre, sudor y lágrimas” durante la II Guerra Mundial, todos los gobiernos tienen ahora sus malos de película, sus malos de todo a cien, para no ser sus dirigentes quienes den las malas noticias.

Felipe González tuvo a Carlos Solchaga y a Miguel Boyer (hasta que se enamoró de la china); José María Aznar se buscó a Rodrigo Rato, que parecía hasta bueno, pero las mataba callando, y el peor de todos los políticos, Mariano Rajoy, que designó para ese papel al impresentable de Cristóbal Montoro. Para José Luis Rodríguez Zapatero ni siquiera me acuerdo quien hacía el papel de malo, y es que probablemente no lo había, eran todos rematadamente malos.

Ellos (Rato, Montoro y Solchaga) fueron individuos que cada vez que aparecían en antena se sabía que, como los de la antigüedad, eran portadores de malas noticias, los anunciadores de que el gobierno iba a meternos mano de nuevo en la cartera a las clases medias, ya que los pobres no tienen dinero; y los ricos tampoco, puesto que lo se lo han llevado a Suiza.

A Pedro Sánchez ha heredado de sus antecesores, no una, sino varias desgracias en una, la de Joaquín Torra, la de la mujer de Pablo Iglesias, que se dedica a traer al mundo rancias feministas, y de vez en cuando un hijo, y la del coronavirus. Su gobierno será estudiado en los libros de texto como el más complejo de la historia reciente de España, ya que, para desgracia de la izquierda del planeta, tendrá que sacar a la nación adelante sin subir los impuestos. Algo que los socialistas no saben hacer.

A lo mejor se le recordará por haber tenido que contratar a un tipo con aspecto de científico despistado y bastante desaliñado, frío como el mármol, para dar las malas noticias sin soltar una lágrima. Nadie puede impedir que muchos españoles pensemos, sin tratar de ofenderle personalmente, que es lo más parecido a la caricatura del Doctor Muerte de las películas de terror, algo así como el primo del ángel exterminador de la Biblia, según los libros de Ed. Brubaker o Stan Lee. Unos lo piensan por una cosa, y otros, por otra.

Experto en calamidades, tragedias, pestes y demás desgracias universales, Simón, el de las malas noticias, es probable que no sea siquiera nuevo en estas lides. Me cuentan los que se dedican a ver la televisión, que empezó su oficio de primo del enterrador con Mariano Rajoy (otra calamidad andante, al que me dicen, muchos españoles desean le parta un rayo el coche oficial y le deje sin sueldo a perpetuidad), quien le dio el título para no tener que ser él quien explicara lo inexplicable. Todo claro, para salvar a un gobierno de incapaces, como el de ahora. Porque había que matar sin indemnización alguna a un perro del que no se sabía si llevaba el Ébola o la rabia de miles de españoles que trataron de impedir su muerte hasta el final.

Recuerdo que se llamaba Excalibur, y que, con su desaparición, el gobierno trató de meter el miedo en el cuerpo a los españoles en 2014, por medio de un pretendido comité de científicos que en 2020 vuelve con la misma monserga y con el mismo médico en la palestra.

Sálvese quien pueda– El número de contagios por el coronavirus en el mundo es, hoy sábado 21, del orden de los 270.000 individuos (algo así como el 0,3 por ciento de la población del planeta, cifrada en 7.700 millones de seres pensantes), repartidos por 160 países. En España las cifras arrojan 25.374 infectados y 1.378 fallecidos, ninguno de ellos miembro del gobierno, del Parlamento o del Tribunal Supremo.

Por otra parte, el número de enfermos dados de alta es de 2.129, lo que revela que tenemos virus para raro, teniendo en cuenta que en Italia, que encabeza el ranking mundial de contagios y nos lleva una semana de ventaja, van ya cerca de los 50.000 enfermos y unos cuantos miles de muertos más.

Nadie pone en duda que las víctimas son muchas menos que las de la peste negra del siglo xiv o de la gripe española, de 1918 a 1929, pero eso no supone ningún consuelo para nadie, ni siquiera para los miembros del gobierno, que en desgracia esté por muchos años, ya que la guadaña de la muerte es el peor de los socialismos jamás inventados, mata a todo el que agarra con las defensas bajas, rico o pobre, comunista o capitalista.

Lo cual me lleva a pensar que todo eso de que es un invento del peligro amarillo y sus esbirros es pura mentira, salvo que en aquella república popular, devenida en capitalista, sus científicos hayan tenido un mal momento y hubieran pensado en el suicidio colectivo, en la solución final para la humanidad, que no parece el caso.

De ahí que los gobiernos de media humanidad, los anglosajones mayormente, hayan decidido hace unas semanas abandonar a sus ciudadanos a su suerte, y hoy día sigan igual, con pequeñas rectificaciones, y el resto de los países, entre ellos España e Italia, hayan hecho lo mismo, pero encarcelando a toda su población con la excusa de que si encierras a unos centenares de millones, encierras al virus.

Según contaba el editor de The Lancet, Richard Horton, hace unos días, en Inglaterra viven unos 60 millones de personas, y si muere en esta pandemia un 6 por ciento de la población, cualquier niño de primaria, incluido el experto en masters Pablo Casado, sabe que el número de víctimas va a estar más cerca de las 400.000 personas, lo que equivaldría a hablar de muchos millones de muertos a escala global. Es decir, 128 veces más.

Ya se sabe que desde que se opuso a la vacunación obligatoria de las poblaciones, The Lancet no es del todo fiable dentro del mundo científico. Pero muchos son quienes piensan que los cálculos de Horton, de 51 millones de muertos en todo el planeta, son bastante razonables. Por los que los hijos de la Pérfida Albión decidieron tirarse a la Bartola. Y a alguna otra moza que hubiera de buen ver, que son escasas por ahí fuera.

Y no destinar a nadie, que no es bueno para los nervios ni para la salud de los condenados, a un cautiverio forzoso e implacable. Lo cual no es malo, ya que el confinamiento de las poblaciones del planeta no cura a nadie, si este no va acompañado de otras medidas de detección precoz de la enfermedad y de aislamiento masivo y total de todos los positivos (no los casos graves, de todos), como se hizo con gran acierto en la China comunista del capitalismo y del comunismo.

Porque, como ni la mayoría de los italianos y españoles vivimos en el Palacio de Liria, sino en un piso de 80 a 100 metros cuadrados, lo que de verdad han hecho los listos de los gobiernos de ambos países ha sido sacar el virus de las calles para meterlo en las familias, donde, al igual que ha ocurrido en las residencias de ancianos, cuando se contagia uno se contagian todos, o casi todos, en la mayoría de los casos sin detección alguna, hasta que para bastantes de ellos la detección sanitaria llega demasiado tarde.

En China, que sí dispuso de termómetros y kits de detección en cantidad, la gente no andaba por las calles. Pero tampoco ninguno de los infectados se movía como Pedro por su casa. Y mucho menos tratándose de sujetos como Pablo Iglesias o Pedro Sánchez, ejemplos, los dos, de insensatez supina y de contagiosa tragedia, a los cuales ¿?

En fin, que si Sánchez hubiera estado atento en la escuela el día en que el maestro explicó que si mezclas manzanas sanas con otras podridas es probable que se estropee todo el canasto, no habría cometido la imprudencia de encerrar a la población sana con la enferma, y habría mandado a comprar kits de análisis a China y puesto al ejército a hacer hospitales, para separar a las dos poblaciones, que es lo que hicieron los chinos, y no lo que cuentan las televisiones, en manos de inútiles.

Lo cual me lleva a pensar que, de haberse aplicado a rajatabla las medidas de China, las mujeres de Iglesias y Pedro Sánchez no estarían en sus casas, sino en un hospital en observación, junto a Esperanza Aguirre, Joaquín Torra y la presidente de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y unas decenas de políticos más. Con lo que los españoles nos hubiéramos librado durante 15 días de su presencia, presencial y no presencial, ya que lo suyo es que los conyugues no contagiados estuvieran cuidando de su familias, y no propalando tonterías.

Libertad, igualdad y fraternidad– Porque lo que hay que hacer, en todo caso, es no echarle la culpa a la ciudadanía, y encerrarla, porque el gobierno (ningún gobierno del mundo) no ha sido capaz de anticiparse a la situación, y tomar medidas sanitarias de aislamiento, total y brutal, de la población enferma y de la sana.

Ni siquiera copiando el modelo chino en sus dos vertientes, que es el único que funciona. Por eso se echan de menos soluciones como las que aplican Francia, Bélgica y algunos otros países con sus ciudadanos, permitir la salida a las calles y plazas no sólo para comprar, ir a la farmacia o pasear el perro, sino para hacer deporte, sano y moderado, en fila india, es decir, de uno en uno y sin estorbar.

El sistema es el siguiente: la gente que quiere hacer deporte al aire libre hace un papel, mediante el cual se certifica (a sí mismo) que va a salir entre tal y tal hora a correr, que lo va a hacer en solitario y que no va a poner en riesgo la seguridad de nadie.

Y, acto seguido, se lo echa en el bolsillo y se lo entrega al primer policía que encuentre, el cual lo mete en el ordenador para evitar. Al día siguiente, si quiere volver a correr, tiene que volver a hacer otro documento y firmarlo. Y así, Emmanuel Macron, que es un tipo listo, salvo cuando se equivocó y llevó al altar a su abuela, sabe, en cada momento, cuánta gente está encerrada y quiénes están sueltos, pero controlados y sin contaminar, que es lo importante. Y, al mismo tiempo, no vulnera hasta límites intolerables los principios básicos de las sociedades libres: la libertad, la igualdad y la fraternidad, que hicieron posible la Revolución Francesa y fueron ejemplo para los Estados Unidos y otras muchas naciones.

Palo y tente tieso– Lo que es intolerable y, además, no conduce a nada es la política de palo y tente tieso, como denunciaba hace unos días el abogado de origen extremeño, e invidente, Miguel Durán,

Expresidente de la ONCE, Durán, un señor al que crucifiqué tiempo atrás, y que no por eso ha dejado de ser un amigo, me manda un video pidiéndome que me una a la legión de españoles que se están rebelando estos días, y luchan para frenar la pandemia de políticos ineptos —la peor de todas las pandemias sin duda— que se han apropiado el país y que se consideran con derecho a tratarnos como ovejas.

Lo cual no es malo, sino peor. Porque caer en manos de unos tipos autoritarios y caudillistas, a los que les dio por desenterrar a Franco sacando a todos los muertos de sus tumbas, cuando lo que había que hacer es comprar kits de detención y hacer hospitales, es lo peor que puede pasarle al ser humano en los tiempos actuales.

Hasta tal punto ha llegado la ineptitud de algunos de ellos que desde el Ministerio del Interior le dijeron a Durán, invidente de nacimiento y abogado en ejercicio, que se sentara en el asiento de atrás de su coche, en el lado contario al conductor. Y que al andar por la calle para ir a su despacho, en lugar de caminar cogido del brazo de su acompañante, como lo habían hecho hasta ahora muchos ciegos, llevara consigo un palo de un metro, lo cogiera por una punta y le diera el otro extremo al lazarillo.

Una medida, sin duda, estúpida, como otras muchas. Especialmente si el acompañante del ciego, en muchos casos, es la mujer con la que comparte el lecho todas las noches.

Todo pasa, nada queda– Dejando al margen lo acertado o no de la manifestación del 8 de marzo, que esa es una pelea para políticos ineptos (mientras el virus se expandía por el planeta en febrero, hubo, en el manifestódromo de Madrid, otras trescientas manifestaciones de venezolanos, chilenos, argentinos, guardias civiles, separatistas catalanes y vascos y otros de las que nadie se acuerda), a la vista del ritmo con el que actúan los políticos en la compra de kits de detección y en la implantación masiva de hospitales de quita y pon, me temo que habrá virus en Madrid para otras 12 semanas.

No es una opinión aislada sino, que la comparte mucha gente, entre ellos William Gates, el dueño de Microsoft, y uno de los grandes benefactores de la humanidad, ya que, gran parte de lo que ha donado, lo regala a la sociedad por medio de la fundación que gestiona junto a su mujer Melinda.

Pues bien, una de las grandes pasiones de Gates, desde que comparto una tertulia con él hace unos cuatro años, ha sido la de los grandes problemas de la sociedad de nuestro tiempo, empezando por una pandemia como la que nos azota ahora. Sé y me consta que es uno de los grandes sabios en esta materia, probablemente el primero, ya que ha dado becas a centenares de médicos para que estudien el fenómeno, y dispone, en consecuencia, de miles de estudios.

Pues bien, Gates cree que saldremos de esta, porque vamos a salir, pero que la humanidad tardará en hacerlo entre doce y quince semanas, si es capaz de no escatimar en dinero y convertir el planeta en un gran hospital, para confinar a los enfermos y mantener a la población sana bajo vigilancia, pero no necesariamente confinada. Es decir, hay que confinar a los enfermos, para que no sigan contagiando, y no tenerlos mezclados con los sanos. Porque si no, por la teoría de las manzanas, nos vamos todos al garete.

Adiós a los mensajeros del mal– Lo cual es una esperanza para la humanidad, una gran esperanza, sin duda algo lejana para los que rigen las economías del planeta, pero próxima para el resto.

Una esperanza para todos aquellos que no tienen más ocupación que ver la televisión para comprobar cómo una parte de la programación la ocupan ahora los llamados “doctores muerte”, los médicos y científicos que salen en pantalla para amargarnos las mañanas con el parte de las bajas y de los nuevos hospitalizados.

El que cumple ese ingrato papel en España es el tal Simón, del que he hablado antes, un hombre que hay que sacar cuanto antes de nuestras vidas al precio que sea, pues el país debe dejar de ser muy pronto una gran funeraria, y en eso estamos inmersos todos, pese a la pandemia de malos políticos que sufrimos.

No voy a referirme a sus meteduras de pata, que ahí están, y no creo que fueran intencionadas, ya que me dicen algunos amigos que es un gran tipo, y no lo pongo en duda. Seguramente es una excelente persona, al que le ha tocado la china (y no me refiero a Isabel Preysler), como a otras doscientos personas en el planeta, de dar las malas noticias. Porque, por lo que veo, hay legión de imitadores por todas partes.

A estos personajes en la antigüedad, e incluso en la Edad Media, se les mataba o se les cortaban los dedos de los pies y las manos. Y un ejemplo de ello fue Hernán Cortes, y creo que hasta Francisco de Pizarro. Hoy, que estamos mucho más civilizados, nos conformamos con mandarlos al paro.

Todos sabemos, y creo que hasta él lo intuye también, que es el único español que debería quedarse sin trabajo rápidamente. Por eso, entre todos, debemos darle el finiquito de inmediato.

Cuanto antes dejemos de escuchar su voz, un tanto gangosa y tal vez un punto asmática, mejor, y hasta él mismo, desde el fondo de su alma de ser humano, nos agradecerá que con el esfuerzo y la colaboración de todos le demos la puntilla. La muerte que anuncia, lo más parecido al parte de guerra de los tiempos de Franco, no es buena ni para los peores enemigos. Son, en el peor de los casos, entre diez y doce semanas que se van a pasar muy rápido.